martes, abril 14, 2009

Gigante de la Provenza



He pasado la Semana Santa en Francia. Dada la etapa francófila que estoy pasando, era el destino ideal. Iniciamos el viaje sin preparativos y sin un destino muy definido, más allá de una idea general: la Provenza. Para mi sorpresa, ojeando una de las guías prestadas, compruebo que el Mont Ventoux está muy cerca de Avignon, donde pasaremos la primera noche. No puedo dejar pasar la oportunidad. La verdad es que subir el Mont Ventoux en coche es relativamente sencillo. Se toma la carretera que va de Avignon hasta Carpentras, donde la carretera inicia un suave ascenso. Ya en Maulacène (encaramos la montaña por la vertiente norte) empieza la verdadera subida. Son más de veinte kilómetros sin descanso. Durante al ascenso adelantamos a varios cicloturistas que se retuercen en la bicicleta. Yo sólo tengo que pasar de tercera a segunda y de segunda a tercera. El coche es el que sufre. Es extraño, pero la carretera está prácticamente desierta, con lo que reduzco la velocidad para disfrutar de las impresionantes vistas de la llanura provenzal. A falta de cuatro kilómetros para la cima, la carretera está cortada por la nieve, así que dejamos el coche, y subimos un par de kilómetros más a pie, hasta que el hielo y la nieve no nos dejan avanzar más. Es una lástima no poder culminar la etapa, pero ya ha valido la pena. Además, hemos hecho la excursión el día de mi cumpleaños. No se me ocurre una forma mejor de celebrarlo. Creo que el 25 de julio el Tour pasa por el Mont Ventoux. Cae en sábado.

Me encontré a Messi!

Otrosí digo: el amigo Montano es un fans del Mont Ventoux, así que no estaría de más que se pasaran por su blog, en el que explica mejor que yo algunas cosas importantes. Eso sí, él aún no ha estado allí.

lunes, abril 06, 2009

Dedicatorias



Las clásicas, a la mujer amada:

“A Miriam, a quien este libro debe mucho más de lo que parece” (Guillermo Cabrera Infante, Tres tristes tigres)

“A Sara: mira, mi vida”
(Fernando Savater, Mira por dónde)

“Para Elvira, que tenía tantas ganas de leer este libro” (Antonio Muñoz Molina, Plenilunio)

A los amigos:

“A Miguel y a Dámaso, amigos míos” (Francisco Umbral, El giocondo)

“Para Jack Dunphy y Harper Lee, con cariño y gratitud” (Truman Capote, A sangre fría)

Y a los enemigos:

“Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera” (Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte)

Generalistas:

“A todas las Virginias” (Patricia Highsmith, Extraños en un tren)

“A Valladolid, mi ciudad” (Miguel Delibes, El hereje)

Patéticas:

“A Ziggy” (Ray Loriga, Héroes)

Líricas:

“A Vik Lovell, que después de haberme dicho que los dragones no existían me condujo a su guarida” (Ken Kesey, Alguien voló sobre el nido de cuco)

Misteriosas:

“A Bob Berger, por motivos que no es necesario explicar aquí y a Bob Dylan por Mister Tambourine Man” (Hunter S. Thompson, Miedo y asco en Las Vegas)

Y brutales:

“A los mozos del reemplazo del 37, todos perdedores de algo: de la vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia. Y no a los aventureros foráneos, fascistas y marxistas, que se hartaron de matar españoles como conejos y a quien nadie había dado vela en nuestro propio entierro” (Camilo José Cela, San Camilo 1936)